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Taller de escritura

Escenificar es poner en situación a los personajes. No basta con que el narrador diga que el personaje está triste o alegre, hay que mostrar esa tristeza o alegría a través de acciones. Una mirada esquiva, un tic nervioso en alguna de las manos, un tartamudeo… pueden ser más efectivos a la hora de describir un estado emocional que salirse con la fácil y nombrar la emoción.

Los estados de ánimo son complejos y la función de un buen narrador consiste en observar y destilar esa complejidad, pero sin perderla. ¿Es necesario que alguien llore para mostrar que está triste?, ¿que frunza el ceño para mostrar desprecio?, ¿que enseñe los dientes para el odio?

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El tono general + el tema constituirán, finalmente, el sello de identidad de esa novela, lo que la “clasificará” (mal que nos pese) como novela humorística, novela dramática, novela de suspenso, etc…

Pero, además, como también decíamos, cada uno de nuestros personajes tiene sus propias características, y de nosotros depende que los lectores puedan identificarlos e identificarse. Para eso, habíamos visto, deben estar bien construidos. Y su tono es parte de la construcción.

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Como habíamos visto, definir la extensión apropiada o ideal para un microrrelato es una tarea difícil, ya que hay opiniones encontradas al respecto. Pero, como también explicamos, hay una especie de acuerdo general acerca de la clasificación de los relatos breves, según su extensión. Para estudiar los microrrelatos tomaremos como referente a David Lagmanovich, que ya presentamos en un artículo anterior. David Lagmanovich hizo una recopilación de más de cien microrrelatos, y estableció clases, por cantidad de palabras. Así, los dividió, luego de un exhaustivo análisis, en los de más de 30 palabras (pero ninguno supera las 40, 45 palabras), los de entre 20 y 30 palabas, y los de menos de 20 palabras. Cabe aclarar que, en el caso de tener título, también se cuentan la cantidad de palabras que éste tenga, como parte del texto. Es que, en el caso de los microrrelatos, el título suele ser importante para comprender o ampliar el relato.

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En el artículo anterior, quedó claro que la materia prima del cuento es la historia. No la destreza con el computador, ni el basto diccionario en la cabeza del escritor, ni su facilidad para crear metáforas. Sin una historia no hay cuento. Punto.

Una conclusión lógica de lo anterior es que en todo cuento hay una historia. Pero no toda historia tiene que narrarse en forma de cuento. Esto se debe a que al cuento tiene unas características que lo diferencian de la novela, la crónica o la anécdota familiar.

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El análisis y clasificación de la poesía tradicional se ha basado en la forma del texto, es decir, en el poema, su división en estrofas y la longitud de los versos. Queda claro que esta clasificación sólo es aplicable a la poesía española, ya que, en otros idiomas, las sílabas (unidad mínima de cada verso) son diferentes a las del español. Además, en otras lenguas no se toma el verso como unidad básica para el análisis, sino elementos como la acentuación o la entonación.

Tradicionalmente, se consideraba poema aquella construcción en versos rimados. Sin entrar en detalles (como versos agudos o esdrújulos, con o sin sinalefa, acentos estróficos, y otras complicaciones que no tienen sentido aquí), la clasificación más básica corresponde a la cantidad de sílabas de cada verso, que van de las dos sílabas (bisílabos), a las catorce (alejandrino).

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Narrar una historia no está limitado a un género específico, ni siquiera a la literatura. Se narra en la novela, en el cuento, en el cine, en el mito y en una conversación casual con los amigos. Todo el tiempo estamos oyendo o contando historias: Las novedades del vecino, la tragedia del fin de semana, la visita al odontólogo… Algunas tribus en África y América no tienen literatura, pero sí sus historias fundacionales. El niño de dos años, que aún no tiene dominio pleno sobre la correcta forma de la lengua, cuenta también, constantemente, sus problemas y alegrías matutinos.

La habilidad de un buen narrador, sin embargo, consiste en no dejar escapar a su público. En mantener la tensión necesaria. En saber dónde soltar un punto de giro —ese instante donde los personajes o la situación cambian—. Y, por supuesto, en llevar la historia a un desenlace satisfactorio. Esto aplica tanto para la amiga en la cafetería que nos cuenta su última desventura con la uña postiza, como para el que pretenda escribir un cuento o una novela. Una historia que no emocione es palabra muerta.

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Para que un personaje sea creíble para el lector, necesitamos dotarlo de ciertas características. En primer lugar, haremos siempre una descripción física: la materialidad es el primer plano de la construcción. También añadiremos detalles sociológicos (su condición social, familiar, laboral o la que corresponda al personaje). Finalmente, pero no menos importante, el aspecto psicológico: dudas, temores, convicciones, angustias, etc.

Con todos esos detalles, que el autor irá desgranando a lo largo de los primeros capítulos, aquellos en los que también nos ubica en la situación, se da vida al personaje.

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Podríamos decir que, en la narrativa, hay tantos tonos como narradores. O, mejor aún, y para ser más precisos, hay tantos tonos como emociones o estados de ánimo pretenda transmitir el narrador. Además, en el caso de una novela, cada uno de los personajes tendrá su tono propio, que ayuda, en parte, a identificarlo, forma parte de su personalidad: alegre, melancólico, dubitativo, irónico, etc. (pero esto lo veremos en otra ocasión).

Ahora bien, vamos a aclarar algo: cuando hablamos del tono de la narración, esto es, el del narrador, no significa (igual que ocurre con otros elementos que hemos visto) que será el tono del escritor. Quiero decir: no será (no debería ser) nuestra personalidad la que se refleje en el texto, sino que serán las emociones que deseamos transmitir a nuestros lectores.

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Cuando un escritor dice que odia los talleres literarios, en parte, está incurriendo en una contradicción. Alguien que conozca el oficio debe saber de sobra que la literatura es, en su más pura esencia, un ejercicio de taller.

Se acerca más a lo que significa ser escritor la imagen del orfebre que la del sabio místico. El escritor, como el orfebre, tiene a su disposición una materia prima y una serie de herramientas. Su trabajo consiste en forjar la palabra.

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Muy bien. Ya tienes una idea (o, por lo menos, algo flota en tu cabeza) y decides que es hora de comenzar a escribir la historia.

Como dijimos, el desencadenante de la historia es un conflicto que le sucede a alguien. Y ese alguien es… ¡claro!, un personaje, el protagonista de tu narración.

En un cuento, es posible (según la historia que se cuente), que haya un solo personaje, como es el caso de “Las ruinas circulares”, de Borges. Hay, sí, además del protagonista, un narrador omnipresente, un portavoz, que nos va relatando los hechos, pero que no tiene presencia real en lo que sucede. Más difícil sería una novela con un único personaje, ya que una trama tan larga necesita apoyo para desarrollarse.

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