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Ideas

Como habíamos visto, definir la extensión apropiada o ideal para un microrrelato es una tarea difícil, ya que hay opiniones encontradas al respecto. Pero, como también explicamos, hay una especie de acuerdo general acerca de la clasificación de los relatos breves, según su extensión. Para estudiar los microrrelatos tomaremos como referente a David Lagmanovich, que ya presentamos en un artículo anterior. David Lagmanovich hizo una recopilación de más de cien microrrelatos, y estableció clases, por cantidad de palabras. Así, los dividió, luego de un exhaustivo análisis, en los de más de 30 palabras (pero ninguno supera las 40, 45 palabras), los de entre 20 y 30 palabas, y los de menos de 20 palabras. Cabe aclarar que, en el caso de tener título, también se cuentan la cantidad de palabras que éste tenga, como parte del texto. Es que, en el caso de los microrrelatos, el título suele ser importante para comprender o ampliar el relato.

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El análisis y clasificación de la poesía tradicional se ha basado en la forma del texto, es decir, en el poema, su división en estrofas y la longitud de los versos. Queda claro que esta clasificación sólo es aplicable a la poesía española, ya que, en otros idiomas, las sílabas (unidad mínima de cada verso) son diferentes a las del español. Además, en otras lenguas no se toma el verso como unidad básica para el análisis, sino elementos como la acentuación o la entonación.

Tradicionalmente, se consideraba poema aquella construcción en versos rimados. Sin entrar en detalles (como versos agudos o esdrújulos, con o sin sinalefa, acentos estróficos, y otras complicaciones que no tienen sentido aquí), la clasificación más básica corresponde a la cantidad de sílabas de cada verso, que van de las dos sílabas (bisílabos), a las catorce (alejandrino).

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Hay cierta idea, especialmente entre aquellos que no tienen profundos conocimientos sobre el tema, de que la poesía es un género “ligero”, “facilito”, que quien escribe poesía es porque no es capaz de escribir algo “más importante”. Pues, señores míos, nada más lejos de la verdad. La poesía no es fácil ni para quien escribe ni para quien lee. Requiere un esfuerzo intelectual que pocos están dispuestos a hacer en este mundo de lo veloz y lo descartable, en el que la banalidad sobrevuela todos los ámbitos (y hasta ha tomado posesión de algunos de ellos). Y para entender la poesía hay que trabajar. Mucho. Y para escribir poesía, aún más.

La poesía toma muchas formas: poema, haiku, prosa poética, microrrelato. La poesía no es un “qué” sino un “cómo”. Es decir, no es lo que decimos, sino cómo lo decimos. Podemos hablar del clima, poéticamente, y podemos, poéticamente, describir una manzana. Y hay poesía sin palabras.

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Lo que sí podemos afirmar, sin (demasiado) temor a equivocarnos, es que así como cuando hablamos de cuento y novela mencionamos permanentemente al lector, cuando hablamos de poesía nos olvidamos de él. Porque no hay nada más subjetivo, personal, críptico y emocional, que la poesía. El poeta no escribe pensando en un lector ideal, ni aspira a ser comprendido, ni necesita que su escritura sea coherente (aunque siempre tendrá sentido). El poeta escribe, manifiesta, expresa, declara, confiesa… y, a la vez, oculta.

Porque, cuando se trata de poesía, muy raras veces las palabras conservan su significado literal, y lo que el texto nos dice es algo diferente a lo que está escrito. En la poesía, las palabras adquieren nuevos significados. Por eso cada poema, cada texto poético, es único e irrepetible. No hay fórmulas para hacer poesía, no hay formas fijas para la poesía. La poesía puede manifestarse de mil maneras, todas distintas, con y sin lenguaje escrito o hablado. En palabras del poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer: “Podrá no haber poetas, pero siempre / habrá poesía.”

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George Lakoff es un lingüista y analista político estadounidense, que se ha dedicado durante años a estudiar el papel que la metáfora ocupa en el pensamiento humano. Una de sus frases más conocidas dice: “Cuando pien­sas que lo único que te falta son pal­abras, lo que real­mente te fal­tan son ideas”.

Nada hay más temido por los escritores, o por quienes pretendemos serlo, que la falta de ideas. La hoja en blanco puede ser tan aterrorizante como  el monstruo de Alien, o más (porque el monstruo de Alien no existe, y la hoja en blanco está frente a nosotros, física o virtualmente).

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