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Author:

Patricia Rossi

El tono general + el tema constituirán, finalmente, el sello de identidad de esa novela, lo que la “clasificará” (mal que nos pese) como novela humorística, novela dramática, novela de suspenso, etc…

Pero, además, como también decíamos, cada uno de nuestros personajes tiene sus propias características, y de nosotros depende que los lectores puedan identificarlos e identificarse. Para eso, habíamos visto, deben estar bien construidos. Y su tono es parte de la construcción.

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Como habíamos visto, definir la extensión apropiada o ideal para un microrrelato es una tarea difícil, ya que hay opiniones encontradas al respecto. Pero, como también explicamos, hay una especie de acuerdo general acerca de la clasificación de los relatos breves, según su extensión. Para estudiar los microrrelatos tomaremos como referente a David Lagmanovich, que ya presentamos en un artículo anterior. David Lagmanovich hizo una recopilación de más de cien microrrelatos, y estableció clases, por cantidad de palabras. Así, los dividió, luego de un exhaustivo análisis, en los de más de 30 palabras (pero ninguno supera las 40, 45 palabras), los de entre 20 y 30 palabas, y los de menos de 20 palabras. Cabe aclarar que, en el caso de tener título, también se cuentan la cantidad de palabras que éste tenga, como parte del texto. Es que, en el caso de los microrrelatos, el título suele ser importante para comprender o ampliar el relato.

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El análisis y clasificación de la poesía tradicional se ha basado en la forma del texto, es decir, en el poema, su división en estrofas y la longitud de los versos. Queda claro que esta clasificación sólo es aplicable a la poesía española, ya que, en otros idiomas, las sílabas (unidad mínima de cada verso) son diferentes a las del español. Además, en otras lenguas no se toma el verso como unidad básica para el análisis, sino elementos como la acentuación o la entonación.

Tradicionalmente, se consideraba poema aquella construcción en versos rimados. Sin entrar en detalles (como versos agudos o esdrújulos, con o sin sinalefa, acentos estróficos, y otras complicaciones que no tienen sentido aquí), la clasificación más básica corresponde a la cantidad de sílabas de cada verso, que van de las dos sílabas (bisílabos), a las catorce (alejandrino).

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Para que un personaje sea creíble para el lector, necesitamos dotarlo de ciertas características. En primer lugar, haremos siempre una descripción física: la materialidad es el primer plano de la construcción. También añadiremos detalles sociológicos (su condición social, familiar, laboral o la que corresponda al personaje). Finalmente, pero no menos importante, el aspecto psicológico: dudas, temores, convicciones, angustias, etc.

Con todos esos detalles, que el autor irá desgranando a lo largo de los primeros capítulos, aquellos en los que también nos ubica en la situación, se da vida al personaje.

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Hay cierta idea, especialmente entre aquellos que no tienen profundos conocimientos sobre el tema, de que la poesía es un género “ligero”, “facilito”, que quien escribe poesía es porque no es capaz de escribir algo “más importante”. Pues, señores míos, nada más lejos de la verdad. La poesía no es fácil ni para quien escribe ni para quien lee. Requiere un esfuerzo intelectual que pocos están dispuestos a hacer en este mundo de lo veloz y lo descartable, en el que la banalidad sobrevuela todos los ámbitos (y hasta ha tomado posesión de algunos de ellos). Y para entender la poesía hay que trabajar. Mucho. Y para escribir poesía, aún más.

La poesía toma muchas formas: poema, haiku, prosa poética, microrrelato. La poesía no es un “qué” sino un “cómo”. Es decir, no es lo que decimos, sino cómo lo decimos. Podemos hablar del clima, poéticamente, y podemos, poéticamente, describir una manzana. Y hay poesía sin palabras.

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Lo que sí podemos afirmar, sin (demasiado) temor a equivocarnos, es que así como cuando hablamos de cuento y novela mencionamos permanentemente al lector, cuando hablamos de poesía nos olvidamos de él. Porque no hay nada más subjetivo, personal, críptico y emocional, que la poesía. El poeta no escribe pensando en un lector ideal, ni aspira a ser comprendido, ni necesita que su escritura sea coherente (aunque siempre tendrá sentido). El poeta escribe, manifiesta, expresa, declara, confiesa… y, a la vez, oculta.

Porque, cuando se trata de poesía, muy raras veces las palabras conservan su significado literal, y lo que el texto nos dice es algo diferente a lo que está escrito. En la poesía, las palabras adquieren nuevos significados. Por eso cada poema, cada texto poético, es único e irrepetible. No hay fórmulas para hacer poesía, no hay formas fijas para la poesía. La poesía puede manifestarse de mil maneras, todas distintas, con y sin lenguaje escrito o hablado. En palabras del poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer: “Podrá no haber poetas, pero siempre / habrá poesía.”

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Podríamos decir que, en la narrativa, hay tantos tonos como narradores. O, mejor aún, y para ser más precisos, hay tantos tonos como emociones o estados de ánimo pretenda transmitir el narrador. Además, en el caso de una novela, cada uno de los personajes tendrá su tono propio, que ayuda, en parte, a identificarlo, forma parte de su personalidad: alegre, melancólico, dubitativo, irónico, etc. (pero esto lo veremos en otra ocasión).

Ahora bien, vamos a aclarar algo: cuando hablamos del tono de la narración, esto es, el del narrador, no significa (igual que ocurre con otros elementos que hemos visto) que será el tono del escritor. Quiero decir: no será (no debería ser) nuestra personalidad la que se refleje en el texto, sino que serán las emociones que deseamos transmitir a nuestros lectores.

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Muy bien. Ya tienes una idea (o, por lo menos, algo flota en tu cabeza) y decides que es hora de comenzar a escribir la historia.

Como dijimos, el desencadenante de la historia es un conflicto que le sucede a alguien. Y ese alguien es… ¡claro!, un personaje, el protagonista de tu narración.

En un cuento, es posible (según la historia que se cuente), que haya un solo personaje, como es el caso de “Las ruinas circulares”, de Borges. Hay, sí, además del protagonista, un narrador omnipresente, un portavoz, que nos va relatando los hechos, pero que no tiene presencia real en lo que sucede. Más difícil sería una novela con un único personaje, ya que una trama tan larga necesita apoyo para desarrollarse.

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La coherencia y la cohesión de un relato son parientes cercanos, pero no son lo mismo, ni las conseguimos por los mismos medios. La coherencia se relaciona directamente con la estructura del relato, mientras que la cohesión es interna del lenguaje, es la relación de la palabras entre sí, la forma en que se ordenan para construir una oración que refleje una idea, un concepto. Por supuesto, ambas condiciones (coherencia y cohesión) deben darse unidas en un relato, para que sea ininteligible.

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El microrrelato es una forma muy especial de literatura. Se trata de textos breves, brevísimos, que no tienen, en general, más de 40 palabras, en una o varias oraciones. Y expresan, por supuesto, una idea completa, un concepto o, incluso, toda una visión filosófica. Según David Lagmanovich, escritor y teórico argentino, y uno de los mayores especialistas en microrrelatos, estos son “cuentos concentrados al máximo, bellos como teoremas”.

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