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Author:

Samuel Baura

Escenificar es poner en situación a los personajes. No basta con que el narrador diga que el personaje está triste o alegre, hay que mostrar esa tristeza o alegría a través de acciones. Una mirada esquiva, un tic nervioso en alguna de las manos, un tartamudeo… pueden ser más efectivos a la hora de describir un estado emocional que salirse con la fácil y nombrar la emoción.

Los estados de ánimo son complejos y la función de un buen narrador consiste en observar y destilar esa complejidad, pero sin perderla. ¿Es necesario que alguien llore para mostrar que está triste?, ¿que frunza el ceño para mostrar desprecio?, ¿que enseñe los dientes para el odio?

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En el artículo anterior, quedó claro que la materia prima del cuento es la historia. No la destreza con el computador, ni el basto diccionario en la cabeza del escritor, ni su facilidad para crear metáforas. Sin una historia no hay cuento. Punto.

Una conclusión lógica de lo anterior es que en todo cuento hay una historia. Pero no toda historia tiene que narrarse en forma de cuento. Esto se debe a que al cuento tiene unas características que lo diferencian de la novela, la crónica o la anécdota familiar.

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Narrar una historia no está limitado a un género específico, ni siquiera a la literatura. Se narra en la novela, en el cuento, en el cine, en el mito y en una conversación casual con los amigos. Todo el tiempo estamos oyendo o contando historias: Las novedades del vecino, la tragedia del fin de semana, la visita al odontólogo… Algunas tribus en África y América no tienen literatura, pero sí sus historias fundacionales. El niño de dos años, que aún no tiene dominio pleno sobre la correcta forma de la lengua, cuenta también, constantemente, sus problemas y alegrías matutinos.

La habilidad de un buen narrador, sin embargo, consiste en no dejar escapar a su público. En mantener la tensión necesaria. En saber dónde soltar un punto de giro —ese instante donde los personajes o la situación cambian—. Y, por supuesto, en llevar la historia a un desenlace satisfactorio. Esto aplica tanto para la amiga en la cafetería que nos cuenta su última desventura con la uña postiza, como para el que pretenda escribir un cuento o una novela. Una historia que no emocione es palabra muerta.

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Cuando un escritor dice que odia los talleres literarios, en parte, está incurriendo en una contradicción. Alguien que conozca el oficio debe saber de sobra que la literatura es, en su más pura esencia, un ejercicio de taller.

Se acerca más a lo que significa ser escritor la imagen del orfebre que la del sabio místico. El escritor, como el orfebre, tiene a su disposición una materia prima y una serie de herramientas. Su trabajo consiste en forjar la palabra.

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