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La escena es la mínima unidad dramática en una obra teatral: una situación en la que un mismo número de personajes interactúan. Cuando alguien sale o un personaje distinto entra, cambia la escena, porque la ausencia o intervención de un personaje modifican la situación. Por analogía, un principio similar opera para el cuento, la novela o la crónica periodística.

Flickr: SnapshotsofthePast.com

Escenificar es poner en situación a los personajes. No basta con que el narrador diga que el personaje está triste o alegre, hay que mostrar esa tristeza o alegría a través de acciones. Una mirada esquiva, un tic nervioso en alguna de las manos, un tartamudeo… pueden ser más efectivos a la hora de describir un estado emocional que salirse con la fácil y nombrar la emoción.

Los estados de ánimo son complejos y la función de un buen narrador consiste en observar y destilar esa complejidad, pero sin perderla. ¿Es necesario que alguien llore para mostrar que está triste?, ¿que frunza el ceño para mostrar desprecio?, ¿que enseñe los dientes para el odio?

Tan sólo piensen en todos esos momentos en que se han esforzado por ocultar sus sentimientos por una u otra razón, o que se escapan de fiesta para huirle a los problemas. Esas capas emocionales en un personaje de ficción son importantes a la hora de buscar profundidad psicológica. Lo otro es clisé, lugar común. Es difícil, claro: ¿Cómo insinuarle todas esas ambigüedades al lector? ¿Qué hacer para narrarlas?

Hay un cuento de Chéjov, El Álbum, que puede servirnos de ejemplo (les sugiero que lo lean primero):

Los compañeros de trabajo, amigos y familiares de Serlavis le organizan una conmovedora fiesta de jubilación. Durante todo el cuento, él se ve muy emocionado. Los compañeros le regalan un álbum con fotografías. Le han puesto el corazón al obsequio. Sirlavis llora. Da discursos. Llora otra vez. Al final, su hija, Olga, le pide el álbum. Promete cuidarlo, pero, sola, arranca las fotografías originales y las cambia por unas propias. Nicolás, el otro hijo de Sirlavis, hace con las fotografías sueltas todo lo que se le antoja. Cuando Serlavis se entera, sólo se ríe y festeja las travesuras de sus hijos:

“Serlavis se echó a reír, movió la cabeza y, enternecido, dio un sonoro beso en la mejilla a Nicolás”.

Si nos quedáramos con los sentimientos que se muestran en la superficie de buena parte del cuento, creeríamos que Serlavis ama a su trabajo y compañeros, pero esas acciones del final, su reacción ante el destino del álbum, nos abre todo un mundo de posibilidades respecto a lo que, de verdad, el protagonista siente. El narrador no da una única respuesta. El lector debe hacer su tarea. Ahí está el cuento.

Por otro lado, escenificar es también seleccionar. Definir qué se quiere decir y poner a actuar a los personajes en consecuencia.

Cuando alguien está comenzando escribir, uno de los errores más frecuentes es el de caer en el exceso de explicaciones, apiñar en un mismo momento narrativo una serie de reflexiones psicológicas, recuerdos inútiles, datos insustanciales, descripciones de lugares sin propósito alguno y fichas biográficas de personajes secundarios.

A propósito, leamos lo que dice Chéjov en una carta sobre el cuento de un familiar llamado Alexander:

“Insistes en llenar tus relatos de tonterías insignificantes, a pesar de que no eres un escritor subjetivo por naturaleza. En ti, ése es un rasgo adquirido. Abandonar esa subjetividad es tan fácil como beber un trago. Uno sólo tiene que ser más honesto, abrirse y exponerse en cualquier parte, no invadir ni atropellar al héroe de su propio relato, renunciar a uno mismo aunque sea por media hora. Tienes un cuento donde una joven pareja de recién casados se besa durante toda la comida, sufre sin causa, llora mares de lágrimas. Ni una palabra sensata; nada más que sentimentalidad. Quiere decir que no escribiste para el lector. Escribiste porque a ti te gusta ese tipo de chismes. Pero supongamos que tuvieras que describir la cena: cómo comieron, qué comieron, cómo es la cocinera, cuán insípido es tu héroe, cuán contento con su fácil felicidad, cuán insípida es tu heroína, cuán divertido su amor por este satisfecho y sobrealimentado bebe-ganso: a todos nos gusta ver gente contenta y feliz, es verdad, pero describir todo lo que se dijeron y cuántas veces se besaron no es suficiente. Necesitas algo más: liberarte a ti mismo de la expresión personal que una plácida y melosa felicidad produce en todo el mundo. La subjetividad es algo terrible. Es mala por el sólo hecho de que revela la mano -y también los pies- del autor”. 

Un ejercicio

¿Qué tal si tomamos la situación descrita por Chéjov en su carta a Alexander y, según sus consejos y lo que hemos visto en este artículo, escribimos un cuento?

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Comentarios

  1. Gmork
    Jue 11th abr 2013 at 2:41 am

    Solamente paso por aquí para decir que acabo de encontrar este sitio web y me encanta ¡Sigan así!

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