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“Sólo puedo decir que, sin saber que los había buscado, me encontré delante de aquellos seis personajes, tan vivos como para tocarlos, como para oírlos respirar, que ahora se pueden ver en escena. Y aguardaban, allí presentes, cada uno con su secreta tortura y unidos por el nacimiento y desarrollo de sus mutuos percances, que yo los introdujera en el mundo del arte, haciendo de ellos, de sus pasiones y de sus casos una novela, un drama o, por lo menos, un relato. Habían nacido vivos y querían vivir.” (Seis personajes en busca de autor, Luigi Pirandello)

Flickr: Pensiero

Pocas veces se ha descripto, tan exactamente como lo hace Pirandello, lo que ocurre con los personajes de las novelas (o, en su caso, de una obra de teatro). Nos referimos a los personajes de ficción que, sin existir en la realidad, pueden estar más vivos para nosotros, los lectores, y ser más “familiares”, que cualquier persona con la que nos cruzamos en la calle, a la que no conocemos y, más que probablemente, nunca volveremos a ver.

Esto sucede cuando un personaje está bien “construido”, cuando tenemos suficiente información sobre él como para que ese personaje traspase la frontera que impone la cubierta del libro, y cobre una vida que, si bien no es real en lo cotidiano, sí lo es desde el punto de vista afectivo, psicológico, emocional. Lo es en la relación que establecemos con él: sabemos lo que piensa y siente, lo que le gusta y lo que le molesta, conocemos sus planes y dudas, nos identificamos con sus inquietudes o nos rebelamos contra sus decisiones.

Paso a paso, detalle a detalle

Para que un personaje sea creíble para el lector, necesitamos dotarlo de ciertas características. En primer lugar, haremos siempre una descripción física: la materialidad es el primer plano de la construcción. También añadiremos detalles sociológicos (su condición social, familiar, laboral o la que corresponda al personaje). Finalmente, pero no menos importante, el aspecto psicológico: dudas, temores, convicciones, angustias, etc.

Con todos esos detalles, que el autor irá desgranando a lo largo de los primeros capítulos, aquellos en los que también nos ubica en la situación, se da vida al personaje.

Obviamente, no diremos: “Juan medía 1.82, era pelirrojo y pesaba 85 kilos. Ganaba x$ por mes y era soltero. ”  Pero sí, podemos hacer algo como esto: “Samuel era un buen lanzador, dotado de un potente brazo derecho; sin embargo, como era corto de vista, le costaba atrapar y devolver pelotas cuando hacía de jugador de campo. Eso lo convertía en un jugador valioso y, a la vez, en un lastre para el equipo (…) Tom, en secreto, sentía respeto por Samuel, cuya mente trabajaba de formas que Tom admiraba, aunque no las comprendiera del todo.” (Las puertas del infierno, John Connolly).

¿Qué información nos ha dado el autor sobre Samuel? Sabemos que no es la estrella del equipo de críquet, está claro, pero tampoco es un nerd que siempre está en el banco. También deducimos que usa gafas, y que es más inteligente que el promedio de sus compañeros de escuela.

En otros párrafos el autor nos da más información: “Samuel no quería volver a casa. Cuando se había marchado, su madre estaba arreglándose para salir aquella noche. Era la primera vez que se vestía para salir desde que el padre de Samuel se había marchado.” Ahora sabemos que los padres de Samuel están separados, desde no hace mucho tiempo; que su madre no tiene otra pareja y que, probablemente, la separación haya sido por iniciativa de su padre. Y que Samuel no está feliz, claro, con la situación.

Cortando lazos

Lo importante es ir sumando detalles para darle vida a alguien que no existe en la realidad, pero que debe ser creíble para el lector, así se trate de un mago de la Edad Media. Y, como escritores, tener en cuenta que el personaje no es un reflejo del autor.

Es obvio que construimos los personajes desde nosotros mismos, desde nuestras creencias y conocimientos. Pero la verdadera habilidad consiste en inventar personajes que sean individuos únicos, sin nuestras características ni personalidad, pero, a la vez, creíbles, vivos, independientes de su autor (aunque hayan dependido de él para comenzar a vivir). El Samuel de Connolly podría perfectamente vivir junto a nuestra casa (aunque no enfrente a los demonios del infierno, como el de la novela).

Recurro nuevamente a Pirandello para concluir este artículo, ya que yo no podría decirlo mejor: “Pero no se da vida en vano a un personaje. Criaturas de mi espíritu, las seis ya vivían una vida que era suya y ajena a mí, una vida que yo no podía seguir negándoles. Es tan cierto que, a pesar de insistir en excluirlos de mi espíritu, ellos, casi del todo distanciados de cualquier tipo de soporte narrativo, personajes de novela surgidos prodigiosamente de las páginas que los contenían, seguían viviendo por su cuenta.”

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