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Podríamos decir que, en la narrativa, hay tantos tonos como narradores. O, mejor aún, y para ser más precisos, hay tantos tonos como emociones o estados de ánimo pretenda transmitir el narrador. Además, en el caso de una novela, cada uno de los personajes tendrá su tono propio, que ayuda, en parte, a identificarlo, forma parte de su personalidad: alegre, melancólico, dubitativo, irónico, etc. (pero esto lo veremos en otra ocasión).

Flickr: exfordy

Ahora bien, vamos a aclarar algo: cuando hablamos del tono de la narración, esto es, el del narrador, no significa (igual que ocurre con otros elementos que hemos visto) que será el tono del escritor. Quiero decir: no será (no debería ser) nuestra personalidad la que se refleje en el texto, sino que serán las emociones que deseamos transmitir a nuestros lectores.

Y no sólo porque nuestro narrador es independiente de nosotros (como persona/personaje), sino porque el tono dependerá, en su mayor parte, de la forma en que decidamos encarar el tema de nuestra obra, más que del tema en sí.

 

En clave de humor

Uno de los ejemplos más claros que me viene a la mente en este momento es la obra del escritor y dramaturgo español Jardiel Poncela. Muchas de sus novelas y obras teatrales se caracterizaron por tratar temas profundos, pero en clave de humor. Humor muy particular, por cierto: irónico, agudo, ingenioso, rozando lo ilógico, en muchos momentos.

Mi novela preferida de Jardiel Poncela es “La tournée de Dios”, de 1932, (una “novela casi divina”, según su autor) en el que narra la visita de Dios a la Tierra, y todos los acontecimientos (a cuál más absurdo) que se suceden a raíz de este viaje.  El tono ácido de esta novela puede verse reflejado en un breve párrafo:

“Un sentimiento religioso, un prurito de santidad, un deseo de rectitud y de buena conducta aleteó sobre la Tierra, e individuos de seis razas se confesaron, buscando la absolución de sus culpas, y se presentaron a sus enemigos para hacerse perdonar por ellos, y pagaron sus deudas, y cumplieron promesas que jamás habían soñado en cumplir. Los mentirosos declararon sus mentiras, los calumniadores sus calumnias, los estafadores sus estafas, los ladrones sus robos, los criminales sus crímenes, los médicos sus equivocaciones, los comerciantes sus engaños, los catedráticos su ignorancia, los adúlteros sus adulterios, etc., etc. Y en cada piso de cada casa de cada ciudad se armó un lío fantástico que no acabó a tiros, porque todos habían decidido ser buenos y lo resolvieron atizándose abrazos, llorando lágrimas del tamaño de limones y entonando el Ave María.”

 

Un tema, distintos tonos

Este mismo tema podría tratarse en varios tonos diferentes, claro. Podría ser una novela de suspenso, o una novela religiosa (que esta no es, en el sentido estricto de la palabra), o hasta una novela dramática. Lo que queremos indicar es que el tema no condiciona, de ningún modo, el tono. En este ejemplo particular, Jardiel Poncela eligió el humor y la ironía,  y evitó el dramatismo, incluso al relatar hechos que son, objetivamente, dolorosos.

En este sentido también, como sucede con el ritmo, ocurre algo similar en la literatura y la música. Supongamos una canción que cuya letra tratara de una ruptura de pareja. El tono en que se cuenta podría ser divertido, irónico, melancólico, más que triste… el texto (las palabras) dará el tono, y el ritmo completará el concepto (no es lo mismo el tango que el hip-hop).

 

Soltemos amarras

Lo más importante, para el aprendiz de escritor, es liberarse de su propio tono, del cotidiano, y encontrar otros. Algo parecido a los de los “seis sombreros para pensar”, de De Bono: pensar de una manera diferente, según el color del sombrero.

Podemos hacer un ejercicio: tomar un texto breve (uno o dos párrafos bastarán, y ni siquiera tiene que ser nuestro), y re-escribirlo varias veces, en distintos tonos. Obviamente, tendremos que modificar varios elementos cada vez: adjetivos, orden de las palabras, expresiones, incorporaremos o quitaremos metáforas… lo que sea necesario. Pero mantendremos siempre el núcleo de la acción, para que sea, verdaderamente, la misma situación, contada en distintos tonos.

Te aconsejo comenzar probando con el humor (o lo más cercano al humor que te permitas ponerte): suelta la mano, acelera la imaginación y aligera el espíritu.

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