¡Escribe tu libro ya!

 
05 diciembre 2011 por Publicado en: Taller de escritura Tags: No hay comentarios aún

Muy bien. Ya tienes una idea (o, por lo menos, algo flota en tu cabeza) y decides que es hora de comenzar a escribir la historia.

Como dijimos, el desencadenante de la historia es un conflicto que le sucede a alguien. Y ese alguien es… ¡claro!, un personaje, el protagonista de tu narración.

En un cuento, es posible (según la historia que se cuente), que haya un solo personaje, como es el caso de “Las ruinas circulares”, de Borges. Hay, sí, además del protagonista, un narrador omnipresente, un portavoz, que nos va relatando los hechos, pero que no tiene presencia real en lo que sucede. Más difícil sería una novela con un único personaje, ya que una trama tan larga necesita apoyo para desarrollarse.

 

Entonces, solemos incluir un personaje principal (el protagonista), y personajes secundarios, en los que la trama se apoyará en uno u otro momento y ayudarán, cada uno en su medida, a que las cosas pasen.

Para que nuestro personaje sea el protagonista, no sólo debe llevar el peso principal de la acción, sino que el lector debe poder entablar una relación con él: ya sea porque lo “acompaña” empáticamente en sus vicisitudes, porque piensan de manera similar, porque no piensan igual en nada, porque entiende sus motivaciones, etc. Para que haya esta empatía (o rechazo, o lo que sea… pero algo: el protagonista tiene que provocar algún sentimiento en el lector), decíamos que, para esto, el personaje principal debe estar muy claramente delineado.

Por otro lado, los personajes secundarios estarán esbozados, y sólo incorporaremos detalles en tanto sean necesarios para lo que se cuenta, o para su relación con el protagonista. Tampoco deberíamos llenar nuestra historia de personajes, a menos que sean imprescindibles para la trama. No olvidemos que, al finalizar la novela, cada personaje, como cada situación que hemos creado, debe “cerrar”, debe tener un fin. No podemos olvidarnos un personaje en un capítulo y no volver a mencionarlo, a menos que hayamos concluido, de algún modo, su participación en la historia.

Retomando el tema de la empatía, para que nuestro personaje sea “creíble” debe estar dotado de la mayor cantidad de detalles posibles. Pero no necesariamente debemos contárselos al lector. Es decir: nosotros sabremos TODO acerca de nuestro protagonista: desde su color de ojos a su religión, pasando por la marca de pasta dental que usa. Claro que, si incluyéramos toda esa información en la novela no sólo sería innecesario sino, también, absurdo, contraproducente y… ¡aburridísimo! El propósito de esto es construir, en nuestra cabeza, una persona real, para que siga siendo real al pasarla al papel, para que no pierda su dimensión de persona, sólo porque es un personaje.

Ahora bien: acá debemos hacer una aclaración importante. Un extraterrestre de seis brazos, cuatro ojos, y pelo color verde, puede ser tan real como el cartero que acaba de tocar a mi puerta. Cuando decimos que un personaje debe ser creíble, no significa que pueda pasar por una persona de carne y hueso, sino que nos referimos a su construcción. Debe estar tan bien definido, que el lector “sienta” que es real, y pueda establecer la necesaria relación con él. Después de todo, tanto ET como Mikael Blomkvist (el protagonista de la trilogía Millenium) son personajes de ficción: ninguno de ellos existe en la vida real.

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