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La coherencia y la cohesión de un relato son parientes cercanos, pero no son lo mismo, ni las conseguimos por los mismos medios. La coherencia se relaciona directamente con la estructura del relato, mientras que la cohesión es interna del lenguaje, es la relación de la palabras entre sí, la forma en que se ordenan para construir una oración que refleje una idea, un concepto. Por supuesto, ambas condiciones (coherencia y cohesión) deben darse unidas en un relato, para que sea ininteligible.

coherencia

Usando las palabras de Roland Barthes (Análisis estructural del relato), en un texto encontramos “la historia (argumento) que comprende una lógica de las acciones y una “sintaxis” de los personajes, y el discurso que comprende los tiempos, los aspectos y los modos del relato”.

 

¿Me entiendes?

Cuando escribimos, queremos, obviamente, que nuestros lectores entiendan el relato. Queremos que las ideas, conceptos y situaciones, queden claros, para que no resulte un galimatías a descifrar. La idea rectora debe aparecer en forma más o menos clara al lector. (Una vez más, no hablamos de “servir en bandeja” para que el lector no piense. Más simplemente, no queremos que al terminar de leer pase días tratando de entender qué fue lo que leyó).

Para dar coherencia a un relato necesitamos que haya un eje, una idea central sobre la cual girarán situaciones y personajes. Por supuesto que habrá ideas y personajes secundarios que se “desprenderán” de esta idea central, pero no pueden, nunca, estar totalmente desligados, como si fueran parte de una historia diferente. Volviendo a Barthes, se trata de “niveles”, estadios, dentro de una obra. Y la idea central atraviesa todos los niveles (o debería hacerlo), del principio al fin de la novela o cuento.

En un relato, todos los elementos que forman parte de él contribuyen al sentido, incluso los que parecen menos importantes o sólo implican la información, sin darla en forma directa, y necesitan que el lector los descifre. Por ejemplo, si decimos: “Esa noche de diciembre Marta miró por la ventana y vio correr unas enormes nubes negras”, estamos situando al lector en una época del año (la estación que corresponde al sitio en el que transcurre la acción), con una cierta temperatura; las nubes negras anuncian tormenta, y si “corren” es porque hay viento. Además de ubicar meteorológicamente, que puede o no ser importante para el relato, se crea un atmósfera: tensión, angustia de espera, incertidumbre, o lo que sea, de acuerdo a la situación particular.

Lo que realmente importa es que el código que usamos para transmitir ideas, conceptos y situaciones, sea compartido entre el autor y el lector, para que éste pueda entender lo que lee, descubrir el sentido, captar la idea.

 

Sin el lenguaje, nada

Todo esto es posible sólo a través del lenguaje. Son las palabras, su unión en oraciones, las que nos ayudarán a transmitir la idea central y todo lo que la rodea. Y si bien muchos autores usan neologismos e inventan sus propias palabras (recurso más utilizado en la poesía o en la prosa poética, que en el cuento o el relato), será la cohesión la que permitirá que el discurso sea inteligible.

Cada palabra que usamos, como cada detalle que incluimos, es fundamental. El lenguaje nos permite organizar y orientar las ideas, integrarlas en el cuerpo de la narración. No olvidaremos el “más allá” de las palabras, el significado no explícito de las palabras, que también forma parte del relato.

La cohesión en el lenguaje, el fluir de una palabra a la otra, de una oración a la siguiente, conforma, finalmente, la narración, lo que se quiere contar. Por eso, cuando hablamos de algún gran escritor, generalmente hablamos de su manejo del lenguaje, y no de sus originales ideas.

Después de todo (y sigo con Barthes, para cerrar) “«lo que sucede en el relato» no es, literalmente, nada; «lo que pasa», es sólo el lenguaje, la aventura del lenguaje”.

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