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Una vez que tenemos una historia para contar, tenemos que relacionar a nuestros personajes entre sí de alguna manera. Quizás se conozcan desde hace tiempo, y sean viejos amigos. Quizás tengan un encuentro casual y fugaz en el transcurso de la historia. Quizás se crucen en el devenir de los acontecimientos y creen una relación duradera.

Cualquiera sea la situación, interactuarán entre ellos, se comunicarán de algún modo. Y, mientras se comunican entre ellos, a la vez lo hacen con el lector.  Será el autor quien elegirá la forma de comunicación.

Ahora bien: esta manera de comunicarse de nuestros personajes depende de la/s técnica/s narrativa/s que elegiremos: puede haber un narrador que nos cuente lo que se dicen los personajes entre ellos; puede haber diálogos directos entre ambos; alguno puede escribir una carta, diario o nota, que iremos leyendo a medida que redacta… Las posibilidades son muchas y depende de la habilidad del escritor elegir la mejor para cada situación.

En una novela, dada su extensión, seguramente  usaremos más de una técnica a lo largo de la narración. La elección dependerá de muchos factores pero, principalmente, de la sensación que intentamos transmitir. Si elegimos el monólogo interior, por ejemplo, estamos creando una intimidad muy especial entre personaje y lector, casi como si estuvieran a solas o, más aún como si el lector estuviera dentro del personaje. En cambio, si optamos por el diálogo, es casi como si viéramos una película, la acción de primera mano, sin intermediarios.

La variedad de técnicas narrativas nos ayudará a conseguir un ritmo y un tono (que ya analizaremos) amenos y entretenidos, que inviten a seguir leyendo. Además, cada situación requiere de una forma específica. Sabremos que es ésa, y ninguna otra, la que se necesita para ese momento.

 

¿Cómo te lo digo?

Decíamos que hay varias técnicas diferentes para contar los sucesos.

Una de ellas es la más tradicional, en la que un narrador omnisciente, que sabe todo y ve todo, nos va narrando los acontecimientos. Puede, incluso, contarnos cosas que han pasado antes del instante en que comienza la novela, para “ponernos en situación”. Y hasta puede adelantarnos lo que pasará:

“Un momento –dijo Mickey cuando, sin él saberlo, los últimos granos de arena de su vida empezaban a escurrírsele entre los dedos-. Yo le conozco…” (Los amantes, John Connolly).

 

Otra técnica es la epistolar: un personaje le escribe cartas a otro/s, y a través de esas cartas se va armando la historia. Una versión moderna de este estilo es la novela “Contra el viento del norte”, de Daniel Glattauer, en el que la historia se cuenta a través del intercambio de mails de los personajes principales. También se intercalan pasajes narrados en primera persona, en la que el protagonista nos cuenta sus reacciones frente a los mails que recibe:

20 minutos después

Re:

Está bien, Leo. ¡Pero primero tu pista y luego mi confirmación o mi mensaje de error!

 

Tres minutos después

Fw:

¿Tienes hermanos?

 

El diálogo es otra de las formas habituales de narración: los personajes se comunican entre sí en forma directa. Es posible que el narrador intervenga en medio del diálogo. El ejemplo es de Las ciudades invisibles, de Italo Calvino:

“-El puente no está sostenido por esta piedra o por aquélla –responde Marco-, sino por la línea del arco que ellas forman.

Kublai permanece silencioso, reflexionando. Después añade:

-¿Por qué me hablas de las piedras? Lo único que importa es el arco.

Polo responde: -Sin piedras no hay arco.”

 

El protagonista también puede relatar sus memorias, es decir, comenzar contando los sucesos que dieron origen a lo que será el conflicto de la historia, hasta llegar al desenlace. Esta técnica la usa Edgar Alan Poe en varios de sus cuentos, como Ligeia, Berenice y Morella, por ejemplo:

“Juro por mi alma que no puedo recordar cómo, cuándo, ni siquiera dónde conocí a Lady Ligeia. Largos años han transcurrido desde entonces y el sufrimiento ha debilitado mi memoria.”

El monólogo interior es otra de las técnicas que podemos utilizar para narrar la historia. El protagonista expone sus pensamientos y sentimientos sin intentar poner orden, tal como vienen a su mente, como se van produciendo. Un maravilloso ejemplo es el cuento “Sombra sobre vidrio esmerilado”, del autor argentino Juan José Saer:

“Ahora Leopoldo vuelve a cambiar la navaja de mano y sigue rasurándose. Cuando se inclina hacia el espejo para verse mejor el perfil de su sombra desaparece, cortado rectamente por el marco de madera de la puerta, y sobre el vidrio se ve reflejo difuso —como unas escaras de luz dispuestas de un modo concéntrico, puntillista— de la luz eléctrica. Me balanceo suavemente en el sillón de Viena. Doy vuelta la cabeza y veo cómo la luz gris penetra en la habitación a través de las cortinas verdes, empalideciendo todavía más. Los sillones vacíos saben estar ocupados a veces —pero eso no es más que recuerdo. Con levantarme y llegar al patio y alzar la cabeza, podría ver un fragmento de cielo, vaciándose en el hueco que dejan las paredes de musgo, agrisadas.”

En la siguiente entrada veremos cómo, además de la técnica narrativa, el ritmo y el tono contribuyen a crear el ambiente de la novela.

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