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Hace unos días, hablando sobre la poesía, decíamos que poesía y poema no son lo mismo. El poema es una manifestación de la poesía, una de tantas. El poema es una creación humana, una obra, que puede adoptar múltiples formas. La complejidad de la poesía (o, mejor dicho, uno de los elementos que tornan su análisis y clasificación tan complejos), es que casi cualquier texto podría transformarse en poesía (técnicamente), si lo dotamos del ritmo adecuado.

Octavio Paz explica muy bien esto en su libro “El arco y la lira”:

“Ya Aristóteles decía que “nada hay de común, excepto la métrica, entre Homero y Empédocles; y por esto con justicia se llama poeta al primero y fisiólogo al segundo”. Y así es: no todo poema – o para ser exactos: no toda obra construida bajo las leyes del metro – contiene poesía.”

También es cierto, como bien apunta Paz, en la misma obra, que no existen “recetas” para escribir poesía. Cada obra es única, no hay una “técnica” aplicable como si estuviéramos fabricando un objeto cualquiera. No hay una forma expresiva definida, ni un formato, ni “temas poéticos”. Pero sí hay algo identificable (aunque no exclusivo) en la poesía: el lenguaje. Y aquí podemos hacer una diferenciación entre prosa y poesía. En la prosa el leguaje tiene un sentido unívoco, mientras que, en la poesía, cada palabra puede tener múltiples significados, múltiples sentidos. Y esa aparente ambigüedad es la que da a la poesía, en parte, su carácter de tal.

 

 

El “más allá” de las palabras

Creadora de imágenes, la poesía se vale del lenguaje como instrumento, pero lo usa a su modo. La palabra “jardín” no tiene el mismo significado en un diccionario que en el cuento La Bella Durmiente. Como tampoco tiene el mismo significado en un poema de Enrique Molina que en uno de Alejandra Pizarnik. En cada uno de los casos, la palabra jardín alcanza una dimensión diferente.

Cuando leemos un diccionario, por “jardín” entendemos “terreno en que se cultivan plantas de adorno o de sombra para hacer de él un lugar de recreo.”. En La Bella Durmiente, el jardín, poblado de plantas espinosas, es sinónimo de olvido, aislamiento. En Enrique Molina el jardín es la exuberancia, la naturaleza viva. En Pizarnik, el jardín es la infancia perdida.

Entonces, nos damos cuenta de lo que hace el poema con el lenguaje: lo re-significa. Le da un nuevo significado, simbólico a veces, otras primitivo, despojado. Ni siquiera el contexto nos ayuda a comprender este significado. Sólo la lectura profunda y consciente, atenta y ávida, de un poeta, nos permitirá entrar en su mundo. Esta lectura tiene algo de mágico: en algún momento sentiremos que entendemos profundamente, sin necesidad de análisis. Lo aprehenderemos, en el sentido que daba a esta palabra el filósofo Bergson: captar por la intuición.

 

La tarea del lector

Aunque lo que se pretende aquí es dar pautas mínimas para la escritura, si queremos escribir poesía (o “nos sale” poesía) necesitamos ser grandes lectores de poesía. No para copiar el estilo de un poeta (algo que, de todos modos, es imposible), sino para entenderlo y, de ese modo, entendernos. Como lectores de poesía, debemos ser capaces de analizar y entender lo que leemos (advierto: no es sencillo). Y también debemos ser lectores de nosotros mismos (nueva advertencia: mucho más difícil que analizar los textos de otro, es analizar los propios).

Analizar un poema ajeno tiene una gran ventaja: no conocemos la “intención” del escritor, lo que suponemos que quiso decir. Podemos, entonces, con total libertad, comenzar a descubrir la trama secreta. Que no encontraremos leyendo un solo poema, claro, sino muchos, del mismo autor.

Analizar la obra propia es otra cosa. En muchos casos, hasta puede ser atemorizante darnos cuenta de que “lo que quisimos decir” no tiene ninguna importancia, porque, de hecho, dijimos algo diferente. Sucede, les aseguro que sucede.

Por eso, para leer poesía, para entender poesía, necesitamos un espíritu abierto, dispuesto a dejarse inundar por el lenguaje, a dejarse envolver por él, a nadar en él sin temor, a comprender y amar su inmensidad.

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