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Una de las dudas “existenciales” que suele presentarse a los poetas (o futuros poetas) es sobre la utilidad de la poesía. No es que la literatura, en general, deba cumplir una función específica, aunque podemos reconocerle algunas: puede entretener, difundir conocimientos o ideas, despertar inquietudes, crear conciencia, etc. En general, estas funciones son claramente distinguibles en las novelas y los cuentos, es decir, en la prosa.

Ahora bien: si hemos dicho que una de las características de la poesía es la ambigüedad de sentido, ¿cómo podría tener una función específica o una “utilidad”? De hecho, no se espera que la poesía tenga ninguna utilidad, más que ser una forma de expresión de la imaginación, de aquello más interno del hombre, lo que lo conmueve, lo que ha dejado una impresión en él, de aquello que ha observado en el mundo exterior y ha pasado por el tamiz de su propia experiencia, sus sentimientos, sus ideas, y devuelve al mundo “reciclado”, transformado, transmutado en poesía.

Muchas veces habremos escuchado decir que la poesía es la expresión de la belleza. Este es un concepto que puede llevarnos a confusión, ya que los temas de la poesía no siempre son bellos. Cuando hablamos de “belleza” en poesía, nos referimos al lenguaje, la forma de expresar lo que se dice. Podemos hablar de dolor, de forma bella; podemos hablar de muerte, bellamente. Todos los temas son pasibles de ser tratados en forma bella. Aunque esta afirmación nos acarrea otro problema.

Qué significa “lenguaje bello”

Sin duda, cuando hablamos de la belleza del lenguaje no nos referimos a lindas palabras, aquellas que aluden a las “cosas lindas” de la vida. Nos referimos a las imágenes que esas palabras crean:

“No entres dócilmente en esa noche quieta”,

le dice Dylan Thomas a su padre que está muriendo. Por cierto, no es bella ni alegre la situación. Sin embargo, la belleza de esa imagen que Dylan Thomas crea, supera la circunstancia particular, el hecho puntual, y se transforma en símbolo.

Podríamos acordar, entonces, que la función de la poesía es crear belleza a través de la producción de imágenes, usando el lenguaje como herramienta. La metáfora será el caballito de batalla de los poetas, esa figura retórica que cambia el significado de las palabras o les añade uno nuevo.

Definiciones y estudios sobre la metáfora hay muchísimos, desde Aristóteles en adelante. Para algunos teóricos, el modo de interpretar las metáforas es ignorando su significado connotativo y quedarnos sólo con el denotativo; para otros, la interpretación parte siempre de la emotividad; en otros casos, aconsejan acudir al contexto para comprender la metáfora. Lo más importante es que, para comprender estas imágenes, necesitamos hacer “conexiones” que exceden el lenguaje, el significado literal de las palabras, y nos obligan a iniciar una marcha hacia lo extraño del lenguaje, al más allá al que alude Derrida (la differance, que ya hemos mencionado).

 

El poeta como testigo

La poesía, igual que la prosa, está siempre indisolublemente unida a tu tiempo histórico (más allá de que pueda trascender a su época). El poeta no puede evadir el hecho de que vive en un momento determinado, y todo lo que sucede a su alrededor lo influencia, le genera dudas o certidumbres, aporta confusión o claridad, lo forma, lo enriquece y lo hace, en definitiva, ser quien es. No puede evadir su contexto.

Aunque, muchas veces, no encontremos ese contexto en forma explícita en la obra de un poeta, siempre estará presente, de algún modo. Su poesía será el producto de él mismo y sus circunstancias, parafraseando a Ortega y Gasset. Su poesía es su vida, lisa y llanamente; su estar en el mundo y expresar ese ser/estar.
Si nos basamos en este concepto, otra de las funciones de la poesía es (si insistiéramos en encontrarle una función práctica) reflejar la vida misma. No sólo la del poeta, sino la del mundo en que está inmerso.
Si logramos entender y aceptar esta idea, ya no volveremos a preguntarnos por la función de la poesía. Más aún, ya no necesitaremos justificar la existencia de la poesía, propia o ajena. Simplemente la viviremos.

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